No pretenden ser unas crónicas al uso, solo dejar en el recuerdo algo de la despaciosidad que pudo verse o no en algunos de los festejos.
TEMPORADA de Madrid y otras muchas plazas
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Tercera corrida del abono de la Feria de Otoño. Casi lleno. Despejado y caluroso.
Toros de Puerto de San Lorenzo, nobles primero y segundo, algo peor el sexto; y toros de Fuente Ymbro, con genio.
Uceda Leal, ovación, silencio y silencio con algunos pitos en el que mató por Víctor Hernández.
Fortes, ovación y vuelta al ruedo.
Víctor Hernández, oreja. Cayó herido en un quite en el quinto toro.
Después del sopor de ayer, del que hemos dado cuenta en una crónica que curiosamente ha sido lo más leído de esta página en años, cualquier cosa hubiera hecho las delicias del público. Si sale Don Tancredo, lo hubiéramos aplaudido a rabiar; y si los matadores deciden torear al alimón o hacer el salto de la rana, más de lo mismo. Por suerte, el día después del petardo, del fiasco, del hundimiento mercurial, no hizo falta acudir a suertes en desuso sino simplemente hacer el toreo de la manera más ortodoxa posible. Y así fue. Ante un público numeroso, que casi llena la plaza, en un cartel más de aficionado que de público festivo. Por otra parte, no se entendía mucho qué tipo de corrida era esta en la que se conjugaban dos hierros diferentes pero, mira por dónde, o quizá por lo de ayer, las cosas han salido bien. Quizá un mensaje telepático desde un birrioso toro de Domingo a otro paisano del Puerto de San Lorenzo obró el milagro: salid bien, paisanos charros, haced algo, que el prestigio se nos hunde. Y así fue. Embistieron como nunca los pupilos del Puerto de San Lorenzo.
A Uceda Leal se le quiere en Madrid. Lleva una eternidad en esto y parece que cada temporada será aquella en la que pise el acelerador y cruce la línea que va de torero elegante y esperado a figura contrastada. Pero Uceda está ya en otra liga: va hecho un pincel, se mueve con parsimonia en la cara de los toros, dibuja excelsos trincherazos pero queda siempre un no sé qué, una serie arrebatada que no llega nunca. Lo ha tenido en la mano en su primero: noble y obediente. No quiso cruzar la línea. No quiso hacerse gran figura en esta tarde otoñal de su Madrid. Con los otros dos, a macheteo limpio, no se entendió mucho.
Otro veterano es Fortes. Anda también estos últimos años con runrun de semifigura. Pero hoy no ha redondeado su tarde. Fue bueno su primer toro, el que hacía segundo de la tarde, y la labor resultó a ratos interesante pero muy intermitente. Su comienzo (pierna flexionada) auguraba cante grande pero todo el trasteo resultó miel en el tarro. El que hacía quinto, un tacazo de toro, como suele decirse, más peligroso y retador de lo que aparentaba, permitió ver a un Fortes firme para quien se pidió minoritariamente un apéndice porque la suya fue una de las estocadas de la feria. No ha perdido su prestigio Fortes en Madrid en esta tarde, sin embargo.
El más nuevo y menos conocido de la terna, el madrileño Víctor Hernández ha demostrado tres cosas: que en el toreo gana quien circula por la izquierda; que abrirá pronto esa puerta que hoy se le ha quedado entreabierta; y que se necesita gente como él para darle aire a este escalafón que está poco ventilado (a pesar de que rezamos porque la salud nos guarde a Morante muchos años). Con el tercero de la tarde, de Fuente Ymbro, no se entendió en las primeras tandas. Hasta que recordó la máxima: circulen por la izquierda y triunfen pronto. Así lo hizo y así se puso. Y Madrid rugió con cuatro series excelentes por la izquierda. se cruzó, adelantó la muleta y dijo, si esto gusta por aquí ha de ser. En la segunda serie se colocó cruzadito y le endilgó tres naturales a pies juntos. ¿Solo eso? Pues vino otra más. Y una estocada. Si cae antes el toro, le dan las dos.
Quizá las ganas de triunfo, quizá la necesidad de recordar que tenía la puerta entreabierta, lo llevaron a un quite temerario en el quinto y donde, con un toro incierto, se intuía la voltereta. Nos quedamos con ganas de que se circulara más en el sexto por la izquierda y de que Víctor Hernández, torero de Madrid, franqueara la ansiada Puerta Grande. ¿Será de nuevo? Si los empresarios quieren y si el público no olvida. Que el invierno es largo.
David Ferrer, 5 de octubre de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Segunda corrida del abono de la Feria de Otoño. Lleno. No se colgó el cartel de no hay billetes. Tiempo despejado y caluroso en los primeros toros.
Toros de Domingo Hernández, mal presentados, mansos, flojos de manos, sin casta ni posibilidades. Se devolvió el segundo de la tarde, y salió otro de la misma ganadería y condición.
Alejandro Talavante, silencio y silencio.
Pablo Aguado, silencio y silencio.
Jarocho, que confirmaba alternativa, silencio y algunas palmas.
En los momentos previos de la corrida, si eres de esos tipos raros que llegan pronto a la localidad, tienes tiempo para echar un vistazo al programa que confecciona la empresa y ayer también, por ejemplo, al completo boletín que publica la asociación La voz de la afición, de la Asociación El toro de Madrid. Se agradecen estas iniciativas que, según pone en la propia publicación, tiene una tirada de 4000 ejemplares. En el programa de mano y en el suelto con las concreciones del día, figuraba que el banderillero Álvaro Montes, de la cuadrilla de Talavante, vestiría un terno clasificado como "mercurio y azabache".
No habría pasado este detalle del traje del subalterno a más si no fuera porque la corrida devino ya desde el primer toro en un completo fiasco. En la víspera, en la de Victoriano del Río, habíamos visto toros-toros. En la de hoy contamos ovejas: una, dos, tres y hasta siete incluyendo el sobrero que tuvo que salir en segundo lugar. Una oveja tras otra conmocionaron a la plaza, crearon un clima de combustión propicio para la siesta y hasta creo que el siete, salvo algunas lógicas protestas, pereció en una dormición anunciada. Y como el espectáculo de las ovejas no era nada propicio, otros mirábamos a los tendidos, escrutábamos a los paisanos que teníamos cerca y comprobábamos el terno de los actuantes, como ese extraño mercurio y azabache. Hubo también pizarras, azafatas, nazarenos, corintos, calderos y granas.
Cuentan los clásicos que Mercurio era dios de los viajes y la elocuencia. De esto hubo poco ayer. La gente no hablaba, sumida en una pereza osezna inclasificable. Al lado tenía un señor mayor, que no abrió la boca ni se movió en dos horas largas. Por momentos tuve que comprobar que no había muerto, que seguía con nosotros, no fuera que en medio de esta corrida fúnebre tuviéramos que improvisar un tanatorio. Y si Mercurio era el dios de los viajeros, el de ayer debió de ser uno parecido al de aquellos que consumían LSD en coches descapotables por los sesenta. Lentamente se desliza el mercurio, también conocido como plata líquida, y así iban saliendo huidizos, atenazados, renqueantes los seis toros de Domingo Hernández. Una plata lenta, viscosa, sinuosa, mercurio en vena.
Dicen que el atún está lleno de mercurio. Yo no sé si a estos toros los habrían envenenado con ello. A los espectadores casi. Con mercurio y con balas de plomo. A las 7, por el tercer toro, miré por si mi compañero de localidad seguía vivo. Algo pestañeaba. Los del otro lado, aficionados al Gintonic, optaron más por la cafeína y la cola, por ver si hacía efecto. Hasta cuatro colas se tomó un paisano, a punto de perecer de coma diabético. Talavante intentó en el cuarto algunos lances a pies juntos, pero ni el ánimo del extremeño ni el oponente estaban por la labor de un baile. Trasteo para arriba, enganchón para abajo, trapazo de lado. Alguien gritó: prefiero a Morante, que acaba en dos minutos. Tan incierto y anodino era lo del ruedo que circuló por los tendidos la noticia del triunfo de Morante en Úbeda y su aparatosa voltereta. Que no le pase nada, que pueda venir, empezaron algunos aficionados como en una jaculatoria. Y por asociación artística, a esas alturas quedaba la esperanza puesta en que al capote de Aguado le correspondiera un toro bonancible. Le salió un manso que recorrió todo el ruedo y al que el sevillano no pudo darle ni tres lances. Con la muleta no pudo ni quiso y con la espada mejor no contarlo. Más lícito habría sido envenenarlo con mercurio.
Hacia las ocho de la tarde, lenta, mercurial, sinuosa, la tarde se nos iba por un sumidero incierto. Se pidieron más coca colas. Mi vecino seguía moribundo. Como la plaza está llena de curas pensé llamar a uno por eso del viático. Pero debían de estar ocupados con las reses moribundas del ruedo. Jarocho en su último cartucho se caló su montera e hizo lo que pudo y, ante otro animal endeble, que se defendía, le sacó algún natural estimable, uno, dos, ya no sé. Como gotas de mercurio. Acabó el festejo. No hubo bronca. No hubo nada. Alguien me preguntó ¿vas a poder hacer una crónica de esto? Y, en efecto, miré mis notas y me dije: ni un muletazo, ni un buen lance de recibo. Vi el programa y recordé que un banderillero vistió de mercurio y azabache. Un color incierto. Hay quien en vez de ello lo denomina plomo. Entre el mercurio y el plomo se definió la tarde.
David Ferrer, 4 de octubre de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de La Glorieta, Salamanca. Sexta del abono. Lleno. Tiempo despejado con rachas de viento y frío al final.
Toros de varias ganaderías en corrida concurso: nobles el primero, de Garcigrande, el segundo de La Ventana del Puerto y el tercero de Domingo Hernández. Rajado el cuarto de Olga Jiménez. Devuelto al lastimarse el quinto de la tarde, sustituido por un buen toro de Garcigrande. Excelente el sexto, de Carmen Lorenzo.
Morante de la Puebla, ovación y vuelta al ruedo tras petición mayoritaria.
Alejandro Talavante, saludos y oreja.
Borja Jiménez, saludos y oreja.
A la par que el anuncio de El Corte Inglés, pleno de marrones y malvas, llegó el otoño a la preciosa Plaza de la Glorieta, tan perfecta ella de no ser por la inmundicia de tantos carteles y lonas que afean las andanadas y las gradas y que nada aportan. Quizá es un recuerdo de una gestión decadente de la empresa, que respirará tranquila dado que un año más ha salvado sus cuentas porque el público salmantino es paciente, complaciente y hoy en día poco exigente. Dos fracasos primeros dieron paso en este abono partido cubierto al ambientazo en los otros cuatro. Los dos festejos de Morante con llenos. Fuera de lo económico, en lo artístico si el otoño andaba oculto en su primera comparecencia en forma de tormenta de verano y vientos huracanados, que trastocaron las cabezas del respetable en iras y quebrantos, hoy ha venido una fría brisa, hoy ha llegado el otoño salmantino. Y como en el spot, para remarcarlo, llegó un Morante arrebatado, de nazareno y azabache, con chaleco en oro.
Tras el fiasco del viernes que en realidad no fue tanto (un Morante por naturales en su primero y otro que cortó por lo sano ante la furia del viento en su segundo), hoy domingo, de ese elegante nazareno, volvía el de la Puebla a la tierra de Unamuno, quizá para encontrarse a sí mismo como autor, quizá para lograr su obra más redonda, con permiso de la tarde del rabo de junio. Hoy sí, con tres diestros en el cartel de fuera de Salamanca (salvo las estancias temporales de Borja Jiménez con su apoderado Julián Guerra), hoy sí, el público estuvo menos iracundo y más receptivo.
En ese diálogo permanente de Morante con la historia, con la intrahistoria y consigo mismo, casi logró el autor su obra en el primero de la tarde. El noble Garcigrande, que acudió tres veces al caballo, le permitió a Morante una lidia primorosa, donde destacó la tanda inicial rodilla en tierra. Morante, en busca de su genio, quiere torear siempre al natural pero la condición del toro y el molesto viento, no se lo permitieron. Desistió y volvió a la diestra donde dejó unos pasajes bellísimos y de gran despaciosidad. El pecho dispuesto, la barbilla abajo, las piernas quietas. Una delicia. Una obra casi perfecta en lo que duró el toro. No pudo por el viento sacárselo más afuera pero la hondura estaba expuesta. Dos pinchazos impidieron el premio.
Hubo momentos en el cuarto que presagiaban obra grande. De nuevo Morante en busca de sí mismo, en diálogo crítico con la historia. Y si en vez de Unamuno, fuera Pirandello, y un personaje en busca de autor, diríamos que es imposible describir con palabras el recibo capotero al cuarto de la tarde. Con medio capote, en una suerte de chicuelina garbosa y ligera, rematada en una gran media, parecía aquello el acabose. El maestro actuó con su habitual profesionalidad en todos los tercios, como ante el derribo del caballo en una de las varas. Vio aquí la ocasión perfecta para recrear una suerte en desuso, y que ya había practicado de manera muy escasa en algunas otras plazas: el galleo del Bu. Sorprendió este lance a un público acostumbrado a la monotonía pese a que el viento impidiera la perfecta ejecución de esta suerte añeja. El inicio de la faena, tras unos buenos pares de Curro Javier, pronosticaba cante grande: estatuarios al hilo de las tablas, el intento de nuevo fallido del natural, y la búsqueda de una obra perfecta que se acabó porque el toro decidió tajarse, mansear y boicotear así a su autor, a su personaje y a la madre del cordero. Pero fue tal la conmoción que dejó entre el público que se pidió mayoritariamente la oreja. Un presidente que en esta feria ha regalado puertas grandes e indultos, cogió un rictus unamuniano de no convenceréis y le negó la oreja. Daba igual: la obra no perfecta estaba hecha y la vuelta fue un clamor.
A Talavante le ha pesado hoy la tarde. Ha tenido dos toros excelentes y algún sector del público, minoritario, se lo ha reprochado. Desdibujado, distante, sin profundizar con un buen segundo, estuvo, sin embargo, algo mejor con el buen sobrero Garcigrande. De nuevo Justo Hernández a sacar pecho con sus toros. La faena fue intermitente, con altos y bajos, con ajustes y desajustes. Y aún así este público, a veces crítico, a veces sensiblero, le regaló una oreja que Talavante paseó con una sonrisa como si un gran autor le hubiera escrito una gran obra. Que no se lo crea.
Lo de Borja Jiménez es otro estilo. Y bien que hace. Va arrasando por todas las plazas y conecta bien con los públicos. Espartaquista en su primero, muy correcto, mejor estuvo con el excelente sexto de Carmen Lorenzo, un toro de bandera al que aplicó tandas de circulares muy efectivos, con bastante rapidez algunas veces. No obstante, Borja Jiménez dejó constancia de que hoy por hoy le vale cualquier autor, cualquier obra, que él la remata aunque no culmina: la espada, ese colofón de una obra literaria, se le sigue atascando.
Terminó la feria con esta corrida concurso. Una iniciativa que debe mantenerse, mejorando la apertura de los encastes, las ganaderías y los trapíos de los toros. Al menos hoy sí hemos visto un tercio de varas. Como en la nivola unamuniana, los tres personajes han buscado un autor y su obra. Nada ha sido perfecto pero han quedado varios capítulos que figurarán en una antología. Y ahora que ya pasó por aquí Roca, sin pena ni gloria, es tiempo de recordar que en Salamanca Morante sigue siendo el rey.
David Ferrer, 21 de septiembre de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de La Glorieta, Salamanca. Tercera del abono. Tres cuartos de entrada en ambiente festivo y caluroso.
Toros de Garcigrande, en general bien presentados y de juego desigual. Abantos de salida, nobles. Mejores el segundo y excelente el cuarto, que fue indultado.
Emilio de Justo, ovación y dos orejas y rabo simbólicos en el que indultó.
Juan Ortega, oreja y ovación.
Roca Rey, ovación y silencio.
Pongamos, por un momento, que hablamos de Madrid y no de la actual plaza de Salamanca. Pongamos, por tanto, que no ha habido indulto. Imposible. Pongamos que hubiera salido un toro de bandera, el cuarto de la tarde, Buenasuerte, al cual se le habría dado la vuelta al ruedo tras su muerte y, tal vez con la suerte de su nombre, tras una estocada certera, su matador hubiera cortado dos orejas justísimas. Pongamos que hablaríamos de la belleza de una larga faena de Juan Ortega y de la indolencia de un astro como Roca. Pongamos que hablamos de eso, de las cosas normales, de las lidias de la tarde.
La realidad nos lleva, sin embargo, a Salamanca y su querencia por las ganaderías de la tierra, entre las cuales Garcigrande brilla muy por encima. Cuanto mejor un Garcigrande que uno del Puerto. La realidad nos lleva además a un abono que no existe, a una plaza sin personalidad definida, a una empresa decadente (En Valladolid y Albacete, ayer y anteayer, Roca agota el papel. No en Salamanca. Supongo que algo reflexionará Chopera al respecto). Hemos pasado dos días tristones en carteles algo mediocres, de modo que el público que ha agotado los gintonics en los bares cercanos, venía jacarandoso, con ganas de contar algo. Y ese algo hoy en día, en una plaza sí y en otra también, se llama indulto. La buena suerte, ese toro dulce, de bandera, le ha correspondido a Emilio de Justo, el más veterano, que ha traído además una legión de seguidores extremeños.
Lo malo de un indulto, el del negro Buenasuerte, número 61, 563 kilos de la ganadería de Justo Hernández, excelente ganadero y profesional, es que el mérito cae sobre el toro y queda algo desdibujada la faena. Como si Picasso pintara el Guernica y después Dalí lo sacara a relucir por los pueblos de España. Y es triste porque considero que una vuelta al ruedo para el toro hubiera sido premio indudable. Y de haber matado, dos orejas o dos orejas y algo para su lidiador. Y es que Emilio de Justo le vio posibilidades enormes a este cuarto desde que tomó la muleta. La primera tanda ya fue desmayada, recordando a aquel torero extremeño que tanto se asemejaba a su vez al gran José Miguel Arroyo Joselito. Ha estado de Justo extraordinario por ambos pitones. Desmayado, natural, poderoso menos en el momento preciso que ha empezado a pensar en el indulto y volvió a la afectación, al teatro. ¿Y el toro? Un superclase Garcigrande. De recorrido amplio, hocico al suelo, nobleza infinita. Pero el público no vino ayer, ni anteayer y seguramente será distinto del que venga los días de Morante. La decadencia, al menos en Salamanca, de los abonos (salvo el joven) crea una falta de exigencia entre un público ávido de que pase algo histórico, aunque sea cada tarde. Emilio de Justo porfió antes de intentar matar al toro y predispuso al gran público para la petición. El presidente aguantó lo que pudo. Y concediose. Hízose el milagro.
Quedó entre medias, y en el buen recuerdo del aficionado, una faena primorosa de Juan Ortega, que debutaba en esta plaza. Comenzó erguido muy sevillanamente y tiró pronto por bajo. La faena fue larga, quizá no muy estructurada, pero plena de detalles de empaque, elegancia y torería. Una estocada, junto a la profusión de toreo caro, le permitió pasear una oreja, dejando Juan Ortega una excelente carta de presentación en La Glorieta antes del tsunami del indulto. En el quinto de la tarde le pesó el ambiente y aunque dejó de nuevo detalles elegantes, no acabó de volar alto el trasteo.
Más llamativa fue la apatía de Roca Rey en sus dos toros. Bien con el capote, técnico en las lidias, quizá se vio algo incomprendido por parte de un público que en la guerra desatada este verano, ha tomado más partido por Morante que por el valiente peruano. Al margen de algún natural suelto y unos excelentes pases de pecho, la tarde no estuvo dadivosa para Roca. Su cuadrilla estuvo por encima.
Pienso en el toreo desmayado de Emilio de Justo y en la belleza olímpica de Juan Ortega. Eso es lo que vale la pena. Me preocupa la obsesión por el indulto. Cualquier día se establecerá que haya por reglamento al menos uno por festejo. Ahora bien, con indulto o sin él, vaya nuestra enhorabuena al ganadero.
David Ferrer, 14 de septiembre de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros Félix Colomo de Navalcarnero. Lleno. Corrida de varias ganaderías, no reseñada como concurso.
Toros de varias ganaderías, Juan Manuel Criado, Vellosino, Castillejo de Huebra, Domingo Hernández, Daniel Ruiz, Monte La Ermita. Desiguales de presentación. Mejor presentado el de Castillejo aunque no dio juego. Excelente el de Monte La Ermita. Nobles los de Daniel Ruiz y Domingo Hernández.
Morante de la Puebla, oreja y oreja.
Borja Jiménez, saludos y dos orejas.
Jarocho, silencio y dos orejas.
Corrida extraña, de inciertas expectativas esta de Navalcarnero que finalmente culminó festiva, jaranera y entregada con la salida a hombros de los tres espadas. Todo presagiaba una tarde al revés, a contra estilo. Un continente moderno, de corte brutalista (ladrillo y hormigón) que bien podría ser una sede de la Iglesia de la Cienciología o una nave industrial. Solo la estatua homenaje a Félix Colomo, diestro local, así como el vallado de los encierros, te sitúa en el lugar correspondiente. Y, sin embargo, en su interior (7500 almas, como diría Barquerito), el hosco edificio alberga una de las plazas más cómodas. Acostumbrados como estamos a cosos centenarios donde tus rodillas se clavan con el omóplato del vecino, da gusto de vez en cuando esta limpieza, esta comodidad, esta visibilidad perfecta.
Por otra parte los precios. A 15 euros la entrada. Y con Morante, la figura consagrada, y Borja Jiménez, la figura de la temporada, en el cartel. ¿A quién no le va a gustar una corrida a 15 euros? Y, en efecto, la algarabía de un público festivo llenó desde dos horas antes las inmediaciones de la plaza. Tiene esto el contrapunto de un público a veces no demasiado exigente pero recordemos aquel ensayo de José Deleito Piñuela: También se divierte el pueblo.
Sobre el papel un cartel inusual. Morante se junta con todos y no pone pegas. Claro estaba que Borja Jiménez no se iba a dejar ganar la partida como tampoco el joven burgalés Jarocho, en unas de sus escasas comparecencias de la temporada. Y mientras, Morante dejando su lidia primorosa por aquí y por allá, sin importarle categorías ni calidades de público. No se entendió, sin embargo, el fondo de la corrida, la disparidad de ganaderías en un festejo que no estaba anunciado como corrida-concurso. La adjudicación de las ganaderías venía hecha de antemano, con la sola sorpresa de que el toro de Ribeiro Telles, que le correspondía a Morante, fue sustituido por uno de Juan Manuel Criado. Proceso inverso al que se produjo en Aranjuez hace pocos días. Es probable que el toro que salió sobrero en Aranjuez fuera el reseñado para la corrida de hoy. Cosas de Morante y sus veedores.
En una plaza de tercera salió un toro acorde a la categoría, a veces por debajo, a veces por arriba. Mucha confianza había en el ejemplar de Castillejo de Huebra, ganadería que no se prodiga en plazas importantes y que va dejando buenas sensaciones. Aquí falló la cosa. Le correspondió a Jarocho y resultó un toro aplomado, mortecino, sin ningún brío ante el cual no pudo hacerse nada.
Morante vio posibilidades fáciles en sus dos toros. En el primero, noblón y pequeñito de Juan Manuel Criado, basó su porfía con la derecha. Sin embargo, ahora Morante se siente más torero con la izquierda de ahí que lo probara en varias ocasiones sin lograr especial lucimiento por lo que volvió a la diestra. A los sones del pasodoble dedicado al propio torero, hubo tandas de ajuste bellísimo y empaque. Pinchazo y estocada que le valieron una oreja. De más altura resultó la faena al cuarto, de Domingo Hernández. Sin poder lucirse con el capote, comenzó la faena en el tercio barriendo con hermosura el lomo del astado y rematando con suaves trincherillas. No fue fácil el toro pero Morante quiso en seguida mostrarlo por la izquierda. Una tanda gloriosa iniciada con tres molinetes lentísimos llevó a la mejor serie de la tarde: naturales de muleta suelta, con desmayo. Un lujo más de Morante. Una estocada algo trasera motivó incompresiblemente el enfado del público. Hubo petición a la vez que protestas y la presidenta concedió la oreja.
Sorprendió esta recriminación cuando el mismo público le pidió dos orejas a Borja Jiménez en el quinto, tras pinchar tres veces. Debería haber aguantado la presidenta pero la fiesta iba desbordada. Tiene el torero de Espartinas una capacidad innata para conectar con el público. Le falla la espada. Su manera de entrar a matar es poco ortodoxa y tiende al pinchazo o a la estocada tendida, como hemos visto tras grandes faenas en Madrid, por ejemplo. La del quinto en Navalcarnero estuvo plena de guiños, pases cambiados, pases de las flores, circulares invertidos que levantaron al público del asiento. También se divierte el pueblo, como decíamos. Arrollador, valiente y generoso, Borja Jiménez buscó el triunfo a toda costa, en medio de los jaleos y gritos del apoderado y su gente en el callejón. Estaba claro que sería de dos orejas y rabo si no llega a ser por la espada. Pero, mira, ¿a quién no le va a gustar que le den dos orejas tras pinchazos?
Se había quedado en blanco Jarocho en el tercero con el de Castillejo. Pero el sexto de Monte La ermita fue un torrente de nobleza y embestida. Brindó a Morante. Algo le dijo este al oído, quizá sobre la condición del toro. Y Jarocho se desató. Hubo varias tandas de empaque al natural y dulzura en la colocación. Tanto que podemos decir que, con permiso del maestro, fue lo mejor de la tarde. Dos orejas justas, de ley, esta vez sin ninguna concesión y dignas de cualquier plaza. Jarocho es un torero hecho y derecho que puede completar ternas de grandes matadores y figuras. Y se lo merece. Pero... las empresas...
¿A quién no le va a gustar una corrida a 15 euros? ¿A quién no le va a gustar una salida a hombros de tres toreros? ¿A quién no le va a gustar una plaza cómoda, espaciosa, festiva, jaranera? Con olor a bocadillo en papel albal. Con ruido de feria, con olés a destiempo, con gritos de torero. Nada está mal en Navalcarnero.
David Ferrer, 9 de septiembre de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Aranjuez. Casi lleno. Corrida goyesca. Se guardó un minuto de silencio tras el paseíllo en memoria de Pablo Guzmán, Hijo adoptivo de Aranjuez
Toros de Juan Manuel Criado, justos de presencia, alguno sospechoso de pitones como el cuarto. Se devolvió el tercero, por un sobrero de Cuvillo, y el cuarto por un sobrero de Ribeiro Telles.
Morante de la Puebla, oreja y silencio.
Juan Ortega, palmas y dos orejas.
Pablo Aguado, oreja y dos orejas.
El frondoso pelo de Morante, zaino, azabache, lustroso, se entremezclaba con una redecilla dieciochesca. Negro, con pasamanería blanca y detalles de fina urdimbre, era su terno goyesco del que destacaba en dorado, como corresponde a un matador, su chaleco. Más que un pincel, una estampa. Costillares, Pepe Illo, Pedro Romero redivivos. Este es uno de los milagros que tiene el torero de la Puebla en un mundo en el que la inteligencia artificial nos empuja hacia un presente que no existe, construye un pasado que tampoco existió y nos deja un futuro de cambalache. Pero Morante sigue empeñado en transmutarse cada tarde. El entorno, la bellísima pero incómoda plaza de Aranjuez, de 1797, así como la ejecución de algunos lances del diestro nos retrotraían admirablemente a aquellas épocas añejas del toreo, que poco tiene que ver con el toreo fundamental de hoy en día. Pero fiel a su papel, consciente de su vestido goyesco, sí nos trajo el maestro finas estampas, como los lances acucharados y descreídos al incierto y altote cuarto bis, que es como se torearía en tiempos de Costillares. Y fiel a su estilo, aquí no se dio coba: el toro no tenía faena y Morante ya salió con el estoque verdadero y pasaportó al astado en menos de un minuto.
Habría sido esta rapidez un escándalo en años anteriores. Pero ¿quién le va a reprochar nada a Morante en esta intensa temporada? Desde que compareció en la plaza, las miradas se iban hacia su figura y elegancia. Está más delgado, más estilizado y la redecilla sobre su cabellera azabache atraía la atención como un Gran Poder en la noche silenciosa de Sevilla. De Semana Santa también estuvo impregnada la tarde, como en la ejecución de la marcha Caridad de Guadalquivir en el segundo toro de Ortega. Elegantísima interpretación.
Morante, como decía, teje redes, abre caminos y, aunque no sea siempre suyo el triunfo, su generosidad es infinita. Es por ello que de ser torero, me gustaría lidiar junto a Morante. Yo decía en años anteriores que ciertos públicos no entienden este enciclopedismo de Morante (su capacidad lidiadora, su sitio, sus suertes en desuso). Por suerte, solo ahora, la red de su tauromaquia ha captado la atención de un público que queda atrapado como moscas, aunque a veces no sepa definirlo. Y es que ya en el primero de la tarde, un toro noble, sin mucha fuerza, hubo dos tandas de naturales que valen por toda una temporada. El final de la faena, de frente al toro, iniciando el pase desde atrás, en una suerte de estatuario postrero fue inconmensurable. Un pinchazo hondo privó a la lección morantista del premio de las dos orejas. La vuelta al ruedo, como suele, duró casi diez minutos.
Morante estuvo en lidia todo el festejo. Y es algo que debe enseñarse. Costó devolver ese cuarto toro a los corrales y allí se plantó en medio para ayudar en la porfía. El toro no quería irse, quizá subyugado por la presencia del maestro y su redecilla, la del cabello y la espiritual. Casi veinte minutos costó estre trabajo de campo, pues tal vez el toro pensaba: ¿morir de manera indigna en un corral? No, aquí he venido a que me lidie ese que llaman el mejor torero de la historia.
La red de Morante trascendió a los otros dos matadores, que andan en temporadas bien extrañas. A Juan Ortega se le iba el año como quien se desliza por un barranco sin salvación alguna. El parón de Morante de casi un mes quizá le obligó a retomar el sitio del arte y lo vemos ahora encadenando un triunfo tras otro. Es un torero de extremos, de principios solemnes y finales. Se enrosca el capote como nadie, y aquí lo demostró en sus dos toros, y sabe encandilar al público con inicios de faena contundentes. En el segundo de la tarde tiró también de arte y empaque en el final de faena, con su habitual aplomo rodilla en tierra. Falta algo de contundencia en los intervalos, en el grueso de las faenas. Se pidió no mayoritariamente la oreja en su primero y se concedieron de manera algo generosa las dos en el quinto. Lo cierto es que Juan Ortega ha vuelto. ¿La causa? su autoestima, su belleza innata, la red de Morante y... Pablo Aguado.
Cuando sube Pablo, baja Juan y viceversa. Así estaban las cosas en estas últimas temporadas. No sabemos si también por la propia autoestima, el chute de magnesio que te da torear junto a Morante, o la dirección técnica del Tato, el caso es que Pablo Aguado ha logrado en esta temporada ser centro de atención del toreo del arte. Qué galanura, qué finura despliega este sevillano, que venía enfundado en un terciopelo verde, de una elegancia también en desuso. Pero, qué manera de soltar la muleta, de llevar al toro con naturalidad, de componerse. Los remates de Pablo Aguado son, como se decía antes, carteles. Y se echa en falta el atrevimiento de muchas empresas por no haberlo puesto en más carteles. El déficit de este sevillano era la espada. Alguien le ha enseñado la técnica julista de un volapié con salto, que no es precisamente ortodoxa pero que al menos le está salvando las graciosas y distinguidas faenas que nos está regalando.
La tarde, larga de casi tres horas por ese toro remiso a abandonarnos, culminó en triunfo. Salió Morante a pie envolviéndonos en su red mientras la plaza aplaudía su venida. Ortega y Aguado se fueron a hombros. ¿Los toros? Casi mejor no comentarlo, porque nada es perfecto. Pero hay que cuidar presentación y pitones. Aunque el cartel sea de arte.
David Ferrer, 6 de septiembre de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de El Puerto de Santa María, Plaza Real. Lleno de no hay billetes.
Toros de Núñez del Cuvillo bien presentados, de juego desigual, mejores el primero, el segundo y el sexto.
Morante de la Puebla, dos orejas y ovación tras fuerte petición.
Roca Rey, dos orejas y silencio.
Daniel Crespo, silencio y dos orejas.
Quienes esperaran una revolución, un choque de trenes, un duelo al sol, han tenido algo de eso, especialmente al acabar la tarde en forma de mentideros y mensajes en las redes. Las cosas venían calentitas y así han sido. Había, sin embargo, quienes esperaban una derrota contundente de Morante contra Roca o de este contra Morante, pero esos pocos aficionados desconocen que el agua no se mezcla con el aceite y que tanto un torero como otro tiene su gallardía y sus respuestas. Diferentes, a distancias estratosféricas, la noche y el día. Quizá la pequeña gran diferencia es que ahora mismo la legión de Morante ha crecido, se ha hecho robusta, y la de Roca, hasta hace bien poco incontestable, ha ido menguando o enmudece. Cosas del cine y tantas soledades.
El cuarto toro, que le correspondía a Morante, era incierto y de difícil lidia. En otra época Morante habría mandado a Curro Javier (o incluso al Lili en aquellos años de verdadera soledad) a pararle los pies. El maestro lo hizo con garbo enroscándose al cuerpo el capote, con valentía y desmedida afición, sin pronosticar que el toro se ceñía y se iba huidizo hacia las tablas. Morante que venía de un golpazo tremendo en Marbella la noche de antes, se llevó otro en este. Pudo sobreponerse y lancear. La incertidumbre del toro se vivió con un ay en el tercio de varas: derribó al picador y costó un mundo centrar al de Núñez del Cuvillo. Y en otros tiempos, los del gobierno de Roca, Morante habría pasado y finiquitado al toro en diez o veinte segundos. No lo hizo así. Porfió con el toro hasta sacarle una tanda de naturales excelsos, marca de la casa. Aceite del caro en una tarde de toreo acuoso del peruano. Se cobró una media estocada y, si no llega a ser por la impericia del puntillero, se lleva otra oreja.
Dicen que el agua y el aceite no se mezclan. Es una verdad como un templo, una ley de la física que yo no entiendo. Sí alcanzo a comprender que el toreo oleaginoso, contundente, rico en matices de Morante tiene poco que ver con el chapoteo acuático de Roca. Como el nadador solemne frente al niño que bracea y grita. Y esto se vio hoy en El Puerto. Ha habido chispas, que han trascendido más allá del callejón, tras finiquitar al cuarto. Y es que, como hemos dicho, fue un toro difícil, que arrolló a Morante, a su picador y desordenó por completo la lidia. Tras un segundo puyazo, Roca decidió hacer un quite largo, capote a la espalda. Hasta cinco lances en toro ajeno. A Morante no le gustó la impertinencia y Roca defendió su arrogancia. Viva la competencia, vivan las riñas en los toros.
Morante había sentenciado ya la tarde en el primero con su toreo largo, sedoso, con sus recursos de arte antiguo. Una gloria ese aceite tan dorado, esa manera de andarle al toro, ese ajuste. Dos orejas en un primer toro en El Puerto, con la gente aún acomodándose no es poca cosa. A Roca se le puso cara de batalla y la dio en el segundo. Fue fiel a su estilo, su chapoteo, su bracear, y los cites interminables por la espalda. Es un torero necesario pero, lo decimos una vez más, agua y aceite no se mezclan y cada cual tiene su parroquia. Yo he contado hasta diecisiete pases por la espalda. Puro Roca.
En el quinto, na de na. Ni agua, ni limón ni aceite ni vinagre. Arrimón, ventajismo, y más cites por la espalda y bernardinas con aviso. El triunfo ya estaba cantado y cada cual a lo suyo.
Papeleta imposible era la del local Daniel Crespo entre estos dos tigres enrrabietados. Tiene un capote que se desliza como si fuera un ángel y, como la tarde se iba, apostó todo en el sexto: una porta gayola limpia y un recibo capotero que arrancó la música. Toreó con despaciosidad inusitada y calma en ese sexto toro, a sabiendas de que era esto o quedarse fuera de El Puerto un año más, además de otras tantas ferias. Apostó y ganó y se sobrepuso a la plúmbea elección de la banda del Concierto de Aranjuez: que sí, suena muy bien, pero no es música para toros. Una gran estocada y las dos orejas.
Llevábamos años de falsos piques, controversias estériles y de temporadas en las que los toreros parecían Siervas de María, apoyo de los enfermos. Faltaba esa controversia que, tal vez, llegue ya a final de temporada. De haberlo sabido antes, cuatro o cinco mano a mano entre Morante y Roca habrían desbordado todas las taquillas como ya de manera separada lo están haciendo. Y aunque el agua y el aceite no liguen, ni falta que hace, es precisa esta pasión dentro y fuera de la plaza. Cada cual a su torero. Yo tengo claro cuál es el mío.
David Ferrer, 9 de agosto de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Azpeitia. Lleno de no hay billetes.
Toros de El Vellosino y Loreto Charro, mal presentados, anovillados, justos de trapío y peso. El segundo fue devuelto.
Morante de la Puebla, silencio y ovación.
Daniel Luque, oreja y oreja.
Juan Ortega, silencio y oreja.
Que en la plaza de toros de Azpeitia, la preciosa, coqueta y ya centenaria Bombonera, no ocurran milagros cabe interpretarse de una doble manera. De un lado, es una plaza que alberga una feria primorosa, que funciona como un reloj. Todo es preciso y bello: desde la llegada de las mulillas, el paseíllo, los cánticos serenos en el tercio de banderillas, el emocionante zortziko que se interpreta (público en pie, cuadrillas completas en el ruedo) al finalizar el tercer toro... Todo es elegancia y empaque. Como la respuesta del público: atento, elogioso, cariñoso... Da gusto, como sea, volver a Azpeitia. El milagro es de por sí esa perfección misma.
Por otra parte, la plaza se llenó, con una expectación inusitada, gracias a la presencia de Morante de la Puebla en esta temporada suya tan trascendente. Y, sí, todos acudíamos enfervorizados gracias a esta plenitud que muestra cada tarde el torero sevillano. Sin embargo, salvo algún iluso, nadie esperaba un milagro ganadero. Se partía con sospechas: media corrida de Loreto Charro, no indaguemos por qué, había sido remendada por unos retales de El Vellosino. Algo mejor podrían haber traído. Y, desde ese momento, era imposible el advenimiento, el milagro, el conjuro, a pesar de ser Azpeitia. Hay que pedirle al maestro Morante, y a quienes lo acompañan, que sean algo más exigentes tanto en la calidad como en la presentación de las reses. Ellos mismos lo agradecerían.
Y es que, en efecto, con el anovillado primer toro de El Vellosino, 460, abrochadito de cuerna, Morante desentrañó una porfía, por un pitón y por otro y dejó claro que milagros en la festividad de San Iganacio así eran imposible. Una estocada ligeramente perpendicular acabó con el misterio. El cuarto era de Loreto Charro. Mejor presentado, pero nada del otro mundo. Fue generosamente picado y Morante se lo brindó al alma de la feria, el empresario Iriarte. Fue esta una faena para aficionados. Al triunfalismo apoteósico de la primera parte de la temporada morantista (de Sevilla a Pamplona), se van sucediendo de nuevo otras dimensiones que no tienen ese gran refrendo, bien por las condiciones del ganado, bien por los desaciertos con la espada. En cualquier caso, este Morante taumaturgo, este Morante milagroso, hace faena donde el neófito no alcanza a verlo. En este cuarto de la tarde así se hizo, así lo consiguió: un comienzo solemne por alto, para ir desengañando al toro, en ese concepto ya tan inusual de que un matador construya una faena, con una estructura, con su principio y su cierre. Y fue mejor el planteamiento del artífice, de Morante, que el material con el que construyó la obra. Lástima de pinchazo y estocada desprendida, pues la faena era merecedora de premio. Busque mejor material, maestro Morante, háganos más felices de lo que de por sí somos con sola su presencia.
Daniel Luque se ha convertido en el torero consentido de la plaza. No obró tampoco un milagro. Fue la suya una labor voluntariosa, de intentar hacer algo, de demostrar que está en Azpeitia con soltura. Y así sus dos faenas fueron cantadas por su público, donde no faltaron alardes, y recursos, como las luquesinas, desplantes de rodillas y bernardinas en el último toro. Oreja por faena.
A Juan Ortega, en esta temporada extraña, se le van algunos toros. De aquí para allá, intentando sostener el milagro con su característica despaciosidad, estuvo por debajo del toro de El Vellosino que hizo tercero. Mató de un feo bajonazo. Más templado con el sexto de Loreto Charro, hubo dos tandas al natural soberbias que calaron en los tendidos. Ese es el camino.
Salía el público contento. En Azpeitia, como decimos, todo es tan equilibrado y tan bello que resulta extraño que no ocurra algo. A veces, en la cercanía del santo jesuita, podríamos esperar que acaeciera un milagro. Pero hoy no ha sido así. Hemos visto cosas afortunadas, pero con alguien como Morante en el cartel es difícil perder la fe. Más bien nos ciega. El milagro de Morante. Hoy no ha sido. Mañana tal vez. Que así sea.
David Ferrer, 31 de julio de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Salamanca. Tres cuartos largos de entrada. Tarde veraniega, con ligera brisa.
Toros de varias ganaderías enlotados de esta manera: Puerto de San Lorenzo, Garcigrande, García Jiménez. Algo justos de presencia. Mejores el quinto (Garcigrande, al que se dio la vuelta al ruedo) y el sexto de García Jiménez.
Morante de la Puebla, saludos, silencio y dos orejas y rabo.
Marco Pérez, palmas, silencio, dos orejas.
Actuó de sobresaliente Salvador Ruano, que no intervino más que en su papel.
Perdónanos, Morante, porque no sabes lo que haces. Nos has metido desde las tardes de Sevilla en una jaula de grillos, en un avispero. A mí no me salen las cosas a derechas. Y no hablo de política. Me has desbaratado el cuatrimestre, tengo la cabeza loca, andamos de aquí para allá, de faena en faena, de ensoñación en ensoñación, de hito en hito, y no hallamos final ni remedio. A mí las crónicas no pueden salirme al uso, me voy a la ducha componiendo un natural suelto con la toalla y hasta abro la puerta del coche como quien toma un capote, la cierro con una media y el empleado de la gasolinera me mira como si estuviera loco. Perdónanos, Morante, por este gozoso castigo. Y a ti te perdonamos, Morante, porque cuando dijimos que una era la mejor faena (ponle Sevilla, Jerez, las dos tardes de Madrid...), llegas y nos descolocas los papeles, nos descompones la tesis, nos cambias de sitio las columnas, las páginas de un libro y nada de lo que dijimos hace unos días tiene ya sentido. Si ayer era Madrid el desvarío, hoy es Salamanca.
Me costó usar hoy la expresión de manicomio pero esto es en lo que se ha convertido hoy La Glorieta, la bellísima y centenaria plaza de Salamanca. Y me alegra que uno de los pilares del toreo, uno de los sumos sacerdotes, Santiago Martín El Viti, haya dado el visto bueno y haya sonreído desde su andanada. Porque hoy todos estábamos majaras, todos locos, como aquel personaje de Cervantes, Tomás Rodaja, estudiante salmantino, al que apodaron el Licenciado Vidriera. De haber estado en la plaza, este pícaro y tuno se habría roto en mil pedazos viendo a Morante.
Las cosas vienen de lejos, todo hay que explicarlo. Al igual que la Puerta Grande madrileña es una conquista largamente ansiada, a Morante le costó encontrar su triunfo en Salamanca. Lo hizo con su generosidad y perspicacia: rescató tras la pandemia esta plaza con el hierro de Galache y se reinventó a sí mismo en gran torero salmantino, ídolo de masas. Por eso no era casual este festejo ni tampoco la generosidad del Maestro en apadrinar y darle fuerza al niño prodigio de la tierra. Con el que ha estado arropador y generoso, sin quitarle ni un minuto de su gloria. La pasión que se ha vivido hoy, a pesar de no haberse colgado el cartel de no hay billetes (quizá por precios elevados) es indescriptible. ¿Morante torero de Sevilla? Sí. Pero ya también, torero predilecto de Madrid, torero adoptivo de Salamanca.
Había un ambiente extraño en los tendidos al inicio del festejo. Habíamos consultado en la web correspondiente el estado de la venta de entradas y, una vez iniciado el paseíllo, no parecía lo pronosticado. Había huecos grandes, asientos vacíos. Una logística mal desarrollada por la empresa, la estrechez decimonónica del edificio y la manía del respetable de apurar el gin tonic hasta el último minuto, propiciaron un caos que devino en tumulto y protestas. Tanto que tras el segundo toro hubo de pararse un rato el festejo propiciando que los areneros pegaran lances con la escoba como si estuvieran en Sevilla.
El desarrollo del festejo en su primera parte tampoco era halagüeño. Y encima, menudo papelón el de Marco Pérez: adolescente, su segunda corrida de toros, desmonterado en el paseíllo (nuevo en esta plaza como matador) y en mano a mano con un tipo que en esta temporada nos está poniendo a todos boca abajo, rotos en cristales como el Licenciado salmantino, cubistas como en un cuadro de Picasso. No acabó de cuajar en los tendidos su faena voluntariosa al segundo de la tarde; y se las vio y se las deseó con el toro de más peso de la tarde. La espada, además, no fue manejada con acierto por el joven Marco. Después del terremoto morantista en el quinto de la tarde, quedaba lo único que se podía hacer: probar pases cambiados, echar rodillas a tierra y emular al maestro en todo lo que se pudo. Surgieron así algunas de su tandas más estimables. Tiene el joven Marco Pérez una capacidad de observación y de asimilación prodigiosa, nos queda ver a quien sigue, qué camino lleva. Las dos orejas del sexto, un noble toro de García Jiménez, fueron algo generosas, una recompensa para un chiquillo valiente que acaba de entrar en otro nivel de la tauromaquia, donde debe aprender de los maestros, asentarse y pisar fuerte. Y matar los toros por arriba, por supuesto.
Morante en esta temporada en la que nos está volviendo locos, se mostró en estado de gracia ante un toro blandón y sin fuerza de La Ventana del Puerto. No mató bien lo que le privó la oreja. Con el tercero, un tullido de García Jiménez, acertó a dar una tanda arrebatada en respuesta a alguna voz y muy pronto vio que se acababa el carbón. Donde no hay, no lo puede ni Morante.
No podía dejar las cosas así, en esta su plaza querida de Salamanca. La tarde de alguna manera iba camino del desencanto. Pero te perdonamos, Morante, por hacernos esto. Por volvernos majaretas. Por confiarnos en que poco quedaba ya y ponernos del revés, con la cabeza en oblicuo. Y es que lo del quinto, con un finísimo y precioso ejemplar de Garcigrande, con una expresión que solo podía ser de embestida, fue como para apagar la temporada. Vámonos que aquí ya se vio lo máximo. Perdónanos, Morante, porque ya no sabemos lo que decimos. Desde el recibimiento de rodillas en una suerte añeja, a la que se sumó un cite con largas a una mano, y hasta el quite bellísimo ¿cordobinas quizá? enroscándose el capote, todo presagiaba algo grande que así fue. Azuzó el maestro a sus subalternos, ansioso por tomar muleta, y se plantó de rodillas con unos ayudados por alto, sí de rodillas, culminados por el molinete invertido. El molinete tradicional subsiguiente precedió una sinfonía con la derecha en el espacio de una baldosa; y con el cambio de mano a la izquierda se inventó los naturales más puros que se hayan visto en La Glorieta. En ese mismo momento pensé: esto va a ser de rabo. Con un inusitado salto provocó al toro en otra tanda acompasada por la derecha donde hubo algunos pases tan lentos que el propio toro se volvió tarumba. Unos trincherazos a pies juntos para volver al natural (otra serie perfecta). Y un final de aupa. Costó cuadrar al toro: gran estocada y los tendidos fueron una locura. Gente abrazándose, personas mayores restregándose los ojos, los jóvenes (tan numerosos en la plaza) dando gritos.
Perdónanos, Morante, por este artículo tan malo. Perdónanos por el delirio. Porque nos descompones, porque ahora toda tarde es mejor, mucho mejor que la anterior. Y sabemos que habrá otras aún mejores. Pero hoy nos hemos roto en pequeños cristales en La Glorieta. Perdónanos por el estropicio, pero es que hemos visto algo verdaderamente único. Y tú podrás con todo. Pero no sé si podremos aguantar tu ritmo.
David Ferrer, 14 de junio de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Ávila. Algo menos de tres cuartos de entrada. Tarde veraniega.
Toros de varias ganaderías en corrida-concurso, desigualmente presentados, anovillados excepto el sexto. De mejor juego el segundo de Vellosino, el tercero de El Torero y el cuarto de Garcigrande.
Morante de la Puebla, silencio y dos orejas.
Emilio de Justo, dos orejas y saludos.
Sergio Rodríguez, oreja y petición.
En tierra de místicos, bien vienen esos versos de San Juan de la Cruz: "con sola su figura / vestidos los dejó de su hermosura". Se presentaba incierta la temporada de Morante de la Puebla pero es, hasta la fecha, la más regular, profunda y serena de toda su carrera. No se le ha atragantado ni Sevilla ni Madrid, plazas clave en las que ha dejado su poso y magisterio, rompiendo cánones y, como en el verso sanjuaniego, "solo su figura" es prodigiosa y transpira torería. La tarde de Ávila venía embalada. Un público generoso que ha proporcionado a esta plaza una de las mejores entradas de las últimas décadas. Eso como parte positiva. En el tercero se había dado una oreja tras un infame bajonazo. Salió el Garcigrande que hacía cuarto: toro terciado, recogidito, corniabrochado. Sin fijeza, pareció moverse de aquí para allá y se presagiaba petardo gordo del maestro de la Puebla. Su intuición y quizá su fe ciega en esta ganadería tan noble, le hizo confiar. El inicio, solemne, sacándose el toro hasta la raya; los dos trincherazos, sublimes. Dio tiempo al toro el maestro, hizo sus pausas, anduvo por la plaza y "solo su figura" era ya un prodigio de colocación, de andar delante del toro, de perfume. Con un pase por alto, fijó al toro y le administró una tanda excelente con la derecha. Pero fue por la izquierda donde Morante nos dejó su hermosura. Ay, los garbosos molinetes del torero. Ay, esa izquierda. Despaciosa, talones asentados, fue la última tan perfecta, mientras sonaban los últimos acordes del pasodoble Morante de la Puebla, que se creó un calmo éxtasis. Bernini por Belmonte. Confió en sí mismo el maestro y propició una estocada hasta la bola. No había discusión: aquí sí cayeron dos orejas, esas que de alguna manera se quedaron sin cortar en Madrid hace escasos días.
Es tal la transfiguración que se genera cuando torea este diestro que todo se viene abajo. En Madrid, en la tarde referida, todo el edificio se cayó tras el primero toro. Aquí una losa de canícula abrasó los tendidos tras la deleitosa y larguísima vuelta al ruedo de Morante. Hacía más de veinte años que no pisaba este ruedo y nada tiene que ver con aquel jovencito pinturero. Alternó con José Tomás y cortó dos orejas en 2001. Poco después volvió sin éxito. Hasta aquí. Hasta hoy.
Escasa lidia se vio en el primero de la tarde. Morante quiso cumplir con las especificaciones de la corrida concurso y a un ejemplar de Capea se le administraron tres largos puyazos. Eso y una voltereta inoportuna hicieron del animalico un inválido que se tambaleaba a cada paso. Como suele, el maestro cigarrero no quiso aburrir y nos quitó tan penosa visión. Mejor son tuvieron los toros segundo y tercero, del Vellosino y de El Torero, respectivamente. Sacó todo su jugo Emilio de Justo, quien anda algo más cómodo en estas plazas de segunda que en las de primera, donde parece que la exigencia le aprieta. Hubo algunas tandas estimables que culminó con las bernardinas de repertorio. Estocada y dos orejas, algo generosas. Difícil y fácil era la papeleta para el torero abulense Sergio Rodríguez. No se le atascó la tarde, supo estar con sus maestros, hasta el punto de que brindó su primero a Morante. Se nota su escaso número en el escalafón, pero compone la figura y no se vino abajo en ningún momento. Pese a un bajonazo, el público paisano pidió la oreja. Con el sexto, el mejor presentado de la tarde, un Valdellán, encaste Santa Coloma, quiso todo lo que se pudo y mostró que está para torear en más carteles. Se atascó con la espada y no pudo acompañar a sus ídolos en la salida por la Puerta de los Caballeros del coso abulense.
Hay notas positivas. La afluencia de público es la primera. Como el hecho de que tengamos una empresa solvente que va a gestionar esta plaza en los próximos años: Tauroemoción. La plaza ha estado al borde del cierre entre la desidia municipal y el escaso acierto empresarial en los últimos años. Es oficialmente plaza de segunda. Y esto ha de ser tenido en cuenta por la empresa: no se puede traer unos animales tan feamente presentados como los que han saltado al ruedo hoy. Lo de la corrida concurso va en consonancia con esto: la suerte de varas tiene su valor con un toro en puntas, bravo, con fijeza. Los varilargueros estuvieron estupendos hoy, se aplaudió a todos, entraron al caballo hasta tres veces en algún caso. Pero sin el animal potente todo es un simulacro.
Morante. Con solo su figura. Me acordaré siempre de unos naturales que dio en Ávila. Pura mística.
David Ferrer, 31 de mayo de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Madrid. Lleno de no hay billetes. Tarde veraniega.
Toros de Garcigrande, desigualmente presentados, en general mansos y desrrazados, salvo el primero, noble.
Morante de la Puebla, petición mayoritaria no atendida y gran ovación; división de opiniones en el cuarto.
Alejandro Talavante, silencio y silencio.
Tomás Rufo, silencio y silencio.
Si se nos hubiera permitido contemplar las últimas cinceladas de Miguel Ángel Buonarroti a la Piedad o al Moisés, ¿qué ganas tendríamos después de visitar una escuela-taller? Si después de verlo rematar el Juicio Final, nos obligaran a saborear un cuadro de Tapies, entraríamos en un shock preventivo, ese que se produce cuando el cerebro no es capaz de asimilar nada que sea peor. Obviando el símil artístico, algo parecido es lo que ha ocurrido con la esperada Corrida de la Prensa, con el regreso a Madrid de Morante. Después de lo visto en el primero de la tarde, todo carecía de interés y de misterio. Y hasta al propio genio, como si fuera Buonarroti después de una obra maestra, ya le dio igual todo.
En una corrida de toros el orden importa. Líbrete Dios de un faenón de categoría superior como la realizada por Morante de la Puebla en ese primero. Después de eso se podría haber suspendido la corrida y, con orejas o sin ellas, haber sacado en hombros al maestro. Puede que sea de las faenas más sólidas, compactas y bellas de las que haya realizado el torero sevillano en Las Ventas, plaza que lo quiere, lo respeta, pero que se le resiste, como esas obras geniales de Miguel Ángel que quedan sin culminar en un exceso de terribilitá, de genio. Hoy ha sido la mala suerte: una estocada que no surtió del todo efecto y tres golpes de verduguillo.
Nadie esperaba este arrebato temprano. Y aunque el ambiente estaba desbordado en los alrededores de la plaza y los corrillos sudaban exultantes, costó incluso que la plaza de Las Ventas, a veces demasiado timorata, arrancara una ovación a Morante de bienvenida. Pero finalmente pudo ser. No sé si ese gesto de bonanza y admiración encendió el temple y su ingenio, porque la acometida del primer toro, noblote y fino, permitió uno de los recibos capoteros más suaves, templados y gustosos que se recuerdan en este coso. Después, un quite a cuerpo limpio, vaso de plata en mano, libró a su subalterno Amores de una cogida segura. Dicen que la adrenalina a veces es un acicate de la creatividad. Y aunque no quiso brindar a nadie, se notó que Morante vio posibilidades: una faena profunda, organizada como un libro perfecto, donde hubo equilibrio entre el comienzo por bajo y el final con ayudados; donde se ajustó en la cara del toro con la derecha y soltó la mano con naturalidad y empaque con la izquierda. Donde hubo plenitud a la vez que adornos, trincherillas, pases cambiados, cambios de mano y kikirikis. Madrid era Sevilla por momentos, y Morante, creo, va a ser el torero favorito de esta plaza.
No hay obra perfecta sin su falla. La estocada quedó algo atravesada y el animal vendió cara su muerte. Quizá ya nada importaba: esa última cincelada, ese último brochazo habría servido para que el presidente sacara los dos pañuelos de un golpe. Pero la tardanza y tres golpes de verduguillo frustraron el final de tan excelsa obra. Miguel Ángel fallaba siempre en algún último detalle. El presidente no atendió la petición: reglamentariamente debería haberla dado pero es casi mejor así. Una obra cumbre ligeramente imperfecta, como la última Piedad.
Tanta fue la pasión y admiración que generó la obra del primer toro, que la corrida se vino abajo. El ganado no colaboró: huidizos, insípidos, sin raza ni pasión, el genio de Morante hundió literalmente a Talavante y a Rufo. El extremeño apenas logró unos detalles y a Rufo determinados sectores lo midieron con agria justicia. Y tanta fue la pasión y admiración por Morante, que antes de la salida del cuarto recibió una rotunda ovación. No se acopló nada con el feote cuarto, dejó que el subalterno Curro Javier llevara toda la lidia, cogió estoque de verdad, limpió el lomo del toro y dijo: señores, mi gran obra ya está hecha. No voy a hacer una figura de Lladró donde antes he hecho un David en mármol. Y así fue, y así cumplió. Lección para jóvenes toreros: si no se puede, no hay que aburrir ni ponerse pinturero.
La tarde comenzó, como es lógico, con un primer toro y con ese se acabó el festejo. A la salida de esta tarde veraniega, que se hizo corta gracias a Morante, salimos todos con la garganta seca. En un bar cercano me puse a ver los vídeos que grabé de la faena: un grupo se arremolinó detrás de mí para jalearlo. Es lo que tienen las faenas importantes: nunca se acaban dentro de la plaza. Y creo que de esta faena de Morante vamos a hablar en sueños esta noche; y mañana en el café; y el próximo día, y cuando acabe la feria y venga la siguiente.
David Ferrer, 28 de mayo de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Madrid. Lleno de no hay billetes. Tarde preveraniega.
Toros de Juan Pedro Domecq, en general mal presentados, mansos, de escaso celo. El sexto, de Torrealta, noble.
Juan Ortega, silencio, silencio y silencio.
Pablo Aguado, silencio, saludos, y oreja.
Sobresaliente: Álvaro de la Calle.
Ocurrió al final de la lidia del segundo toro, por los bajos del tendido 3. Se gritaba con ímpetu: ¡Un médico!, ¡un médico! Como Madrid es una plaza llena de chanzas, interpelaciones y gritos no le di importancia de urgencia vital y pensé que era una más de las que se repetían a menudo por los tendidos, especialmente en los de sol. Llevábamos ya dos toros moribundos, sin alegría ni presencia, con un pasar por allí mortecino y una cara de viático que parecían decir al llegar a los burladeros: a mí en un nicho fresquito, que hoy hace demasiada caló. Se utiliza a menudo en las crónicas taurinas la metáfora del enfermero, es decir, cuando lo mejor que puede hacer el diestro es lograr que el toro no se derrumbe y que haga caso en un par de tandas. Hasta entonces, como digo en el segundo, no es que Juan Ortega y Pablo Aguado actuaran de enfermeros en esta tarde tan esperada y expectante. No. Es que en el tercio de varas ya llevaban los santos óleos para administrar una extrema unción más que evidente. De modo que esos gritos de ¡un médico! parecía chanza y chirigota y no lo era: un joven mostraba detrás un aspecto cadavérico, quien sabe si por el primer calor veraniego (tampoco para tanto) o por un una excesiva prescripción de gintonics antes del festejo. Otro de los males de esta plaza, dicho sea de paso.
Que la corrida venía cadavérica se sabía desde por la mañana gracias a las redes. Es el problema de la tauromaquia actual: se examina todo con exceso antes, durante y después por una legión de usuarios de X, ese lugar infecto donde cuesta encontrar un poco de cordura y término medio. Alguien subió unas fotos algo manipuladas y en escorzos intencionados de los pitones de los juanpedros y desde las doce de la mañana ya teníamos el incendio. Se pitaron, se abuchearon y se protestaron todos y cada uno de los cinco de la casa. Y el tendido 7, por ello, lo pasó en grande. Lo cierto es que vistos desde el tendido no eran tan feos en cuanto a las cornamentas pero sí en las hechuras y las caras. Y peor aún no, que es lo que importa: mostraron poco celo en el capote, nulos para el tercio de varas y, como dijimos, enfermos moribundos a la espera del viático en el tercio principal. Unamos entonces esto a que parte de la plaza ya traía su labor hecha: Juan Pedro al matadero. Toro, toro, toro. Que fueron malos sí. Pero si llevaran otro hierro se habría cantado menos.
Cabe preguntarse por qué entonces estos toreros piden este hierro con tanta frecuencia y cómo es ese misterioso proceso de selección que se produce mucho antes de que el torero llegue a la plaza. Es un misterioso lapso de tiempo, secretísimo, que puede durar meses, y en el que interviene la empresa, el ganadero, los veedores de la empresa, los veedores de los diestros y sus apoderados, de nuevo la empresa, los veterinarios de la plaza. Ochenta personas seleccionando unos toros para que saquen después esta podredumbre.
Cabe preguntarse por qué estos toreros, selectos, prefieren hacer de médicos, enfermeros, sacristanes, curas de hospital de guardia en lugar de ser por una vez matadores, lidiadores. Juan Ortega, por ejemplo, es el torero al que más he visto en los últimos cuatro años. Por cualquier plaza. Tiene una capacidad artística envidiable, unas dotes para la belleza portentosas que se quedan en nada muchas tardes por culpa de los toros. Mala suerte, no pudo ser, suelen repetir sus redes sociales. A Pablo Aguado le ha pasado algo parecido estos años, hasta el punto de casi estrellarse y de estar condenado a un tercer plano con bajada en los contratos. Cuando Pablo sube, Juan baja, y viceversa.
Entre el segundo y el quinto la corrida transcurrió por ese tono. En el cuarto se había apoderado de la plaza un sopor lastimoso y melancólico, de incredulidad y de fastidio. Naufragaba Juan Ortega con sus toros, desbordado a veces, con detalles sueltos de su despaciosidad y elegancia. No se notó apenas la competencia en quites. No importaba en esa agónica pesadez. En el quinto sonaron de nuevo las voces de ¡un médico! ¡un médico! Resulta que nos habíamos olvidado del joven enfermo y ahí seguía. Pálido y demacrado en su asiento, a punto de vomitar y despedirse para siempre. Alguien le afeó su insistencia: si te sientes mal, te vas a casa o a urgencias. Esa misma actitud obtusa es la que estaba teniendo Juan Ortega con el quinto: y venga, y dale en una labor sin fondo ni contorno. Lo había brindado a Roberto Domínguez quizá con segundas intenciones.
Con el sexto, de otra ganadería, Torrealta, algo de luz se vio. Y Pablo Aguado se erigió en el único médico capaz de salvar la tarde. No fue la faena rotunda que espera esta plaza, pero tal como iba el festejo, dame una pipa si no hay pistachos. Le costó encontrar el punto, que logró después en unos excelsos naturales. Y un final de faena de clamor. La estocada entera, en su sitio bien valía una oreja, que se concedió. Oreja en el límite sí, pero como extramaunción a una de las tardes más aburridas y decepcionantes que hayamos presenciado. En los toros nadie da explicaciones, al margen de esas típicas declaraciones al finalizar el festejo de diestros y ganaderos. Pero sería bueno que alguien fuera al fondo del asunto: cómo, cuándo, en qué circunstancias se eligen los toros para una corrida. En un mundo en el que sabemos todo, la tauromaquia tiene todavía estos misterios.
David Ferrer, 25 de mayo de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros de Valladolid. Casi lleno. Tarde primaveral.
Toros de Núñez del Cuvillo, desigualmente presentados, mansos escasos de fondo. El mejor el segundo.
Morante de la Puebla, ovación y bronca.
Emilio de Justo, dos orejas y oreja.
Juan Ortega, silencio y silencio.
Una película icónica de finales de los noventa planteaba una oración ambigua: Cómo ser John Malkovich, es decir, cómo ser esa estrella incluso cuando no se espera. En esta temporada prometedora de Morante de la Puebla (excelso en Sevilla, triunfos en plazas menores) queda saber cómo va a lidiar con los fracasos y las broncas, lo cual es algo más taurino que la divisa: Manolete cosechó grandes broncas y al admirado de Morante, Joselito el Gallo, se le despidió de Madrid en fechas como estas con una bronca de escándalo. Total que ayer, Morante quiso ser Morante y se llevó su bronca. Las cosas van bien entonces. Otra plaza llegará y esta tarde de Valladolid se olvidará.
Es imposible juzgar esta tarde al margen de Morante. Es lo que ocurre cuando uno se acartela con el diestro de La Puebla. Hasta sus más viscerales detractores no pueden olvidarlo un segundo: "Aprende Morante", "eres un sinvergüenza, Morante" se oía durante el resto de faenas. Señal inequívoca de que lo que estaba pasando en el ruedo en el resto de los toros era irrelevante, insustancial, insípido y perecedero. Si yo fuera otro diestro, me preocuparía de que alguien gritara durante mi lidia eso de "aprende, Morante", oración exhortativa e imperativa que hay que traducir como "lo que estás haciendo no nos interesa nada porque hemos pagado por ver lo de Morante".
Por debajo de todo este guirigay que se produjo en la plaza, debemos reseñar dos cuestiones: en primer lugar, el hundimiento paulatino de las plazas de segunda. Valladolid, por ejemplo, era hace muchos años un ejemplo de feria. Ahora no tiene criterio, se entretiene entre los vendedores de bebidas, las manías y las orejas regaladas. Por algo la feria es la de San Pedro Regalado. Ponte aquí, que te regalo. No deja de tener mérito entonces que un torero como Morante no se preste a ese cambalache pues dos o tres tandas accesorias y un poco de teatro en el cuarto hubieran bastado para cambiar la bronca por orejas. En segundo lugar, la escasa exigencia. Los toros de Núñez del Cuvillo fueron birriosos, almas en pena a las que les costaba un mundo pasar del muletazo. (En esto también tendrá su culpa el cigarrero, desde luego).
Lo más potable del encierro se lo llevó Emilio de Justo. Pero hay que ver todo en perspectiva. Si Morante pega un petardo, se rebajan las expectativas y todo es más fácil. El torero extremeño lleva una guerra física consigo mismo desde aquella voltereta horrible de Madrid. Es un ejemplo de superación y de querer vestirse de torero. Pero lo hemos visto en tardes mejores y con toros mejores. Ayer, visto el panorama, toreó fácil, despegado. Por una estocada caída, trasera y tendida en el segundo le cayeron dos orejas. Y la gente aplaudió al toro. Así estaba la tarde. En el quinto apenas pudo brillar. Un toro que no tenía un pase, el pobrecillo. Pases con enganchones por aquí, posturas por allá. Bajonazo infame y una oreja.
Juan Ortega estuvo por allí. Alguna media verónica, algún derechazo. Pero a Ortega el toro inútil no le vale y el bravo tampoco. Y prefirió que Morante se llevara la bronca, tan torera.
Alguien de la empresa le dijo a Emilio de Justo que en una barrera estaba el presidente de la Junta y que tenía que brindar. Sí o sí. El hombre inventó un brindis de circunstancia, mientras Morante miraba con cara de asombro preguntándose quién era ese paisano. Hasta en eso es diferente: sus brindis son personales, nunca inducidos. Salimos de la plaza antes de que arreciera la bronca al despedirse los toreros. Lo escuchamos desde fuera. Y nos fuimos con la pena de que se está perdiendo otra de las plazas clave. El próximo día a Morante lo va a ver su tía. Pero yo también, lo aseguro.
David Ferrer, 17 de mayo de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros Las Ventas. Lleno de no hay billetes. Tarde primaveral. Se guardó un minuto de silencio en memoria de Joselito, según costumbre.
Toros de Puerto San Lorenzo y La Ventana del Puerto, en general bien presentados, nobles, mansos y con poco juego. La corrida se remendó en tercer y quinto lugar con dos ejemplares de Victoriano del Río, muy bien presentados, excelente el quinto de la tarde, aplaudido en el arrastre.
José María Manzanares, leves palmas y silencio.
Fernando Adrián, silencio y vuelta al ruedo.
Pablo Aguado, silencio y silencio.
A veces en una cena, en una fiesta, el invitado inesperado es quien lleva la voz cantante, quien modula la juerga y de quien se acuerda todo el mundo al bajar las persianas. Algo así ha ocurrido en este festejo de la feria de San Isidro: el reconocimiento veterinario hizo que se rechazaran dos toros de la ganadería (de doble encaste) de El Puerto de San Lorenzo y La ventana del Puerto y se remendó con dos extraordinarios toros de gran estampa y entre ellos un invitado, el quinto, de don Victoriano del Río, que se comió los platos principales, ligó con todo el mundo y dejó un recado: aquí estoy yo, y a quien le siente mal que no me salude.
Menos mal que de la terna le correspondió este toro astifino y precioso a Fernando Adrián. Si le toca al anfitrión, al veterano Manzanares, hablaríamos ahora de una bronca mayúscula y de un petardo. Manzanares organizaba este convite, había pedido él los toros birriosos de El Puerto de San Lorenzo (una vez más) y como el humano que tropieza ocho veces en la misma piedra, se presentó en Madrid para decir, póngame otra ración de lo mismo, que ya me encargo yo del apagón. Y así fueron las cosas: los toros de El Puerto eran ovejas docilísimas, sin ninguna mala intención, pero también sin profundidad ni emoción. Y el torero de Alicante no está ya para liderar la juerga. Pero tampoco Pablo Aguado. Hemos visto a este torero sevillano con mayor capacidad en sus últimas comparecencias pero ni el Victoriano que le correspondió en tercer lugar ni el de La Ventana del Puerto que cerraba la tarde le infundieron mucho ánimo. Sin mucha suerte con el capote, despachó dos faenas largas y premiosas y encima dio un sainete con la espada. Justo lo contrario que Manzanares, que al menos estoqueó correctamente.
Frenoso fue el invitado perfecto. Un galán: astifino, negro, de encornadura ancha, bajo y musculado. Un dije. La sensación de la velada. Como ese invitado que rompe lo previsible en cualquier fiesta. Respondió en el caballo, y en la excelente lidia de Marcos Prieto ya dio muestras de una calidad infinita. También lo debió apreciar el torero Fernando Adrián, que salió a los medios a brindar su faena. La fiesta iba entre mortecina y decadente, y Adrián se hincó de rodillas, citó de lejos al toro y se lo pasó por la espalda para sorpresa de la concurrencia, que a punto estaba de entregarse al gin tonic o al sueño de Morfeo. Unas embestidas eléctricas, rebosantes de bravura y de codicia, no aptas para cualquier torero. Puede que Adrián no sea el mayor artista del escalafón, pero mérito tiene no amilanarse y ligarle unas tandas por abajo, largas como el toro. Ahí sí despertó el guateque, ahí sí hubo fiesta. No faltaron los pases por la espalda, habituales en su repertorio, e intentó domeñar la embestida por la izquierda. Por aquí no fue tan rotundo y Fernando Adrián intentó cerrar la faena con suertes de recursos: ceñidas bernardinas y algún despacioso cierre por bajo hicieron que de nuevo Madrid rugiera. Un toro de triunfo, un toro de vuelta al ruedo. Y como quien tira la copa al suelo, el torero lo perdió todo por los aceros. Así es esto. Frenoso se fue con las orejas puestas pero con el aplauso unánime. Gracias, Victoriano, por venir, aunque fuera de invitado inesperado.
Entretanto Manzanares pasaba por allí. Tuvo a bien recoger la garrocha del picador que se había quedado enhebrada en el sexto de la tarde. Por lo demás, no intentó ni un quite. Alguien dijo "cuidado que te manchas". Aguado pasaba por allí. Lo intentó con el capote pero no estuvo la tarde para florituras. Y Fernando Adrián se fue de la plaza haciendo un gesto de "ya para la próxima". Pues no: tendrás otros toros y podrás con ellos porque ambición, entrega y técnica no te falta pero no creo que te vayas a encontrar un toro como este.
Se apagaron las luces. Se acabó por hoy la fiesta. Mañana hablaremos de Morante en Valladolid y de este invitado astifino y elegante que ha traído su gloria hoy a Madrid. Era un toro. De don Victoriano del Río.
David Ferrer, 16 de mayo de 2025.
davidferrer@arboladura.es
Plaza de toros Las Ventas. Un tercio largo. Temperatura agradable en un día que amaneció lluvioso. Buen estado del ruedo.
Toros de Valdellán, de buena presentación, entre 593 y 629 kilos. De juego desigual. Los mejores primero y segundo. El tercero fue devuelto y salió un precioso ejemplar de Los Maños. En general toros con más forma que fondo.
Antonio Ferrera, palmas y silencio.
David de Miranda, ligeras palmas y silencio.
Alejandro Mora, que confirmaba alternativa, mató, como le corresponde, primero y sexto. En el primero escuchó tres avisos y fue devuelto al corral. División de opiniones. En el sexto, ligeras palmas.
Estas corridas toristas previas a San Isidro pillan algo a contrapié. Bien por los carteles, bien por el día (medio Madrid vacacionando), bien por la falta aún de entrenamiento. Para ser buen espectador, no lo duden, hay que entrenarse: mirar, reflexionar, aprender. Pero es domingo de Ramos y la empresa ha decidido programar un festejo a priori interesante a precio de corrida estrella de San Isidro. Y así salen las cosas: algo más de un tercio de entrada, mayoritariamente en tendidos de sol y sombra y sol (el ocho, el siete y el seis) con la sombra del gin tonic prácticamente vacía. Luego que si hay que hacer afición, que si la juventud, que si...
No quería yo hablar de esta empresa, sin embargo, que se venga del aficionado, sabedora de que viene San Isidro y habrá llenos casi diarios. Así que algunos nos movimos al tendido 7, más barato que el ocho o el nueve, aunque tuviéramos que soportar la bulla, la gracieta, los gritos y el quejío, y no precisamente de una saeta. Para colmo, me tocó detrás un grupo de turistas napolitanos. No sé si entendían algo del festejo, o ni mucho ni poco, pero emitían unos improperios guturales que dejaban como mudo hasta al más gritón del tendido siete. Como se dieron cuenta de que yo entendía el italiano, cambiaron a un inentedible dialecto napolitano: no sabías si maldecían al toro o si, por el contrario, se conjuraban para abrir las navajas en una oscura y próxima vendetta.
Que los napolitanos se hubieran ubicado en el 7 no parece cosa baladí. Se ajustaban a la perfección al ambiente. Y es que a los habituales y a los foráneos del tendido les pusieron las cosas en su justo punto. Porque el aplauso de reconocimiento al primer toro por su presentación fue tan solo un espejismo. En el siete sienta mal casi todo y todo se grita, bien en napolitano, bien en castizo. Como era confirmación de alternativa, tuvo Antonio Ferrera, el padrino, la ocurrencia de invitar al diestro ya retirado Juan Mora para que participara en la solemne alternativa de su sobrino Alejandro, el tercer matador de la tarde. Para qué quieres mas. Como dijo el vecino en napolitano "Dicette ‘o pappecio ‘n faccia ‘a noce". Vamos, que te prepares. Por si fuera poco, el confirmante, tras una solvente faena, marró con la espada y escuchó los tres avisos. "Ha vinto il toro", escuché a mi vecino: "Ha vinto il toro" (ha vencido el toro), repetía como en un resorte. Sí, hombre, si le parece ahora se lo llevan a corrales y después le dan una cena suculenta. Y a pastar mañana. Que el siete proteste va en sus genes: que si te pones aquí, que si más allá. Yo creo que los picadores andaban hoy especialmente nerviosos o desentrenados o vieron quizá a los napolitanos en el tendido y dijeron, mamma mia, de aquí no salimos. Peor no pudieron hacerlo.
Cuando vuelvan a la bella ciudad nueva, la nea-polis, no sé qué contarán de su experiencia en la corrida. Dirán quizá: allí son como nosotros. Gritan, gesticulan, mueven los brazos, insultan al del castoreño y a su madre, le increpan al torero y hasta le plantean una vendetta. Eso o quizá supieron apreciar algunos de los pasajes de la tarde. Que los hubo.
Dejemos en el olvido dos cosas: el tercio de varas y las espadas, que fallaron como coches napolitanos toda la tarde.
En el lado bueno, el del Vesubio en calma: Alejandro Mora dio un par de derechazos y un par de naturales más que estimables en el toro de su confirmación. Después de varios pinchazos se atascó con el verduguillo y corrieron pronto los tres avisos. Pero ahí queda lo que hizo.
David de Miranda torea poco y se ha notado. Ante un tercero bis precioso, un sobrero de Los Maños, ofreció algún apunte cadencioso, como el torero estilista que en algún momento fue. El toro era tan bello como soso y la faena fue a menos. En el quinto, logró de nuevo levantar al público a ratos pero algo no funcionaba. A veces la colocación, demasiado encimista, a veces los nervios. No me extraña: media plaza vacía y el tendido 7 lleno a rebosar y con actores extra venidos del sur de Italia. Por si fuera poco en esta tarde de toros mansotes y descastados, no debe olvidarse que hasta el rabo todo es toro. A la hora de apuntillar al quinto, el subalterno Vicente Herrera sufrió un puntazo. Otra vendetta.
Y Antonio Ferrera, el más veterano. Con su capote azul eléctrico hemos visto el mejor toreo de capa de la tarde. Un torero que no evita ningún compromiso y al que le trae al fresco, como debe, que le griten lo que sea. Ha entrado en todos los quites. En el primero de la tarde quitó al toro con unos lustrosos afarolados. Al de su lote lo recibió vibrantemente y estuvo en todo momento pendiente de la lidia y de la colocación. Larga fue su faena al segundo, uno de los mejores toros de la tarde. Tras unos lances de probatura, se fue sacando al animal a los medios y consiguió centrarlo con una excelente tanda por la derecha. Los mejores momentos llegaron con la izquierda. Poco se habla del natural de Ferrera, que es como la sala secreta más perfecta de Pompeya. Las dos últimas tandas, al borde del aviso, a pies juntos y de uno en uno enardecieron al público. Cayó baja la espada y perdió una más que merecida oreja pero Ferrera es por méritos propios el torero de la tarde y uno de los que más apetece ver en toda la temporada, si las empresas lo permiten. El cuarto toro, grandón, dio muestras de poco celo y de andar algo descoordinado. Y como el presidente estaba a uvas, parte del siete no iba a permitirle a Ferrera redondear la tarde, así que tomaron el disfraz de la Camorra, con las chuflas, las amenazas y los gritos. La tarde se fue ahí ya cuesta abajo.
Creo que algo sí entendieron los napolitanos. Non va bene, decían de vez en cuando. Pues, en efecto. Un poco-bastante de decepción en esta tarde. Toros de no muy buen juego, mal tercio de varas, un torero en sazón que no ha triunfado y otros dos que se han quedado un poco por debajo. Rutto pe’ rutto, dicen en Nápoles. En Sevilla es más gráfico: aquí se acabó el carbón y de donde no hay, poco se puede sacar. Porca miseria.
David Ferrer,13 de abril de 2025.
davidferrer@arboladura.es
TEMPORADA 2025
Plaza de toros Moralzarzal. Casi lleno. Temperatura agradable en el interior con la cubierta cerrada.
Toros de Domingo Hernández: justos de presencia, anovillados; con buen son en la muleta y movilidad, nobles en general. Al quinto se le premió con la vuelta al ruedo.
Morante de la Puebla, que sustituía a Manzanares, ovación y saludos; y dos orejas.
Alejandro Talavante, oreja y dos orejas.
Javier Blanco, que tomaba la alternativa, palmas y dos orejas.
Todo el mundo tiene derecho a cumplir su sueño. Y más en estos tiempos. Que no se ponga nadie por delante. No le recuerdes a un alumno sus fallos ni le corrijas en rojo un examen, no sea que coja un trauma y los padres tengan que pagarse un psicólogo por horas. De modo que si en la vida todo vale y no han de ponerse cortapisas a los sueños, mucho menos en el toreo, que es de por sí lo más difícil de la vida. Por el camino van quedando maletillas, becerristas, novilleros y matadores que apenas logran alcanzar sus sueños. Confieso que era algo escéptico ante esta corrida donde se producía una curiosa alternativa: el toricantano no era un joven novillero de una escuela conocida, sino un curtido empresario, versado en otras mil bregas, y cuya aspiración, su sueño, era la de ser al fin matador de toros, quién sabe si por un día solo. No somos nadie para rebatir o cercenarle los sueños a otro, así que comencemos por el principio y anticipemos ya el final: Javier Blanco ya es torero, nada menos que de manos de Morante de la Puebla y en presencia de Talavante. Que ha estado solvente, aseado y correcto, y hasta con clase y estilo en su segundo toro. Y que al final salió a hombros con sus ídolos. Un sueño cumplido y seguramente una angustia ya pasada, para familiares y amigos.
Poblaban estos muchos de los tendidos. Y se notaba. De un lado estaba la cofradía morantista, que va por donde pisa el de la Puebla; del otro, un grupo jaranoso, bien vestido y de equilibrado pijerío, no muy versado en la tauromaquia pero dispuesto con todas las ganas para colaborar en el sueño y el triunfo de Javier Blanco. Es bonito tener tan buenos amigos. La plaza era una coctelera: se gritaban olés a destiempo, entraban y salían, no muy conocedores del ritual o el protocolo. Una vecina de localidad preguntó si en la tarde había descanso entre medias, como si fuera un musical. Y durante la faena hasta había olas como si fuera un concierto de Taburete. La realidad es que ninguno esperábamos tal solvencia: a su primero lo toreó con suavidad, algo despegado, pero nada que causara bochorno ni sonrojo. Como el amor propio es lo último que se pierde, y viendo que sus compañeros de terna saldrían a hombros, realizó en el sexto una compacta faena que ya quisieran algunos en horas bajas. A Javier Blanco se le han notado las horas de entrenamiento y la ilusión. En este toro, el de más cuajo de la corrida, hubo pasajes meritorios con la izquierda. Ya que se toma la alternativa, se hace lo correcto. El mal manejo de la espada no le privó del triunfo. El público, como dijimos, estaba a favor de obra y el presidente no iba a aguar la fiesta. El sueño del torero se cumplió: dos orejas y una salida a hombros junto a Morante y Talavante.
En este punto vayamos al garbanzo negro de la tarde: el ganado. De Domingo Hernández, y de Garcigrande, conocemos su nobleza. Ahora, los ejemplares presentados para la tarde estaban por debajo de lo exigido. Muy dulzones, noblotes y sin aspereza; pero un poco antes yo había comprado unas monas de Pascua de chocolate que infundían más temor que los seis ejemplares lidiados. Sí, lo sé. No es Madrid. No es ni siquiera una plaza de segunda, pero un poco de vergüenza torera y un punto de trapío no vienen mal. Para colmo, a los dos toros de Talavante se les pidió minoritariamente el indulto. Ya es un problemática esta epidemia. Por suerte, Talavante no hizo caso y mató a sus dos toros. Ahora, el presidente estaba generoso y al noblote quinto le concedió la vuelta al ruedo. Porque sí.
Apenas hace una semana que vimos a Morante en Almendralejo. Ojalá cumpla él también su sueño de terminar con éxito y sin interrupciones esta temporada. Por su propia salud, por el bien de la fiesta, por nuestras emociones y nuestra felicidad. Sea con toros o toritos, da gloria ver a Morante. Medida y con gracia y plena de adornos su faena al segundo. A Morante le entusiasma ahora torear por alto, dada su admiración por Gallito. Una pena que pinchara en este toro porque la faena era de oreja justa y verdadera. Más complejo el trasteo en el cuarto, donde sin embargo toreó primorosamente a la verónica y en un quite por chicuelinas. La faena fue un prodigio esforzado de sabiduría, de saber encontrarle las teclas al toro desde el inicio rodilla en tierra hasta que brotaron unos naturales de empaque y unos pases de pecho largos. Una estocada ligeramente desprendida propició la oreja de este toro y la del otro. Y todos contentos: si triunfa Morante, hay paraíso.
Talavante es otro en esta temporada. Sabe calibrar al público y encenderlo. Bajo los acordes de Agüero hilvanó parte de su repertorio amplio y brujo, a tal punto que alguien de manera absurda pidió hasta el indulto. Con un metisaca, una estocada atrevesada y dos descabellos el presidente concedió el trofeo por su cuenta. Ni Talavante mismo se lo creyó, que despreció la oreja al recibirla. Mucho mejor ante el noble quinto. De nuevo hubo circulares interminables, pases de las flores, por la espalda. Talavante en estado puro y comunión con el público festivo. Nos alegra que el torero extremeño también haya vuelto a por su sueño y se haya despertado de la apatía y la modorra con que lo vimos en temporadas pasadas.
Somos de la misma materia que los sueños, dijo Shakespeare. Hoy hay un nuevo torero que dormirá tranquilo, aunque no vuelva a vestirse de luces. El público salió contento. A mi me queda para mis sueños una media verónica de Morante y un andar torero que me va a perseguir en bucle las próximas noches. De los toros ni me acuerdo.
David Ferrer, 5 de abril de 2025.
davidferrer@arboladura.es
TEMPORADA 2025
Plaza de toros La Candelaria, Valdemorillo. Lleno de no hay billetes. Temperatura calurosa en el interior con la cubierta cerrada.
Toros de tres ganaderías: José Vázquez, flojos e inválidos. Dos de Garcigrande, el cuarto fue devuelto y salió un sobrero de la misma ganadería. El mejor de la tarde fue el quinto. Dos de El Parralejo, anovillados. En general todos flojos, sin fuerza, sospechosos de pitones, anovillados, menos cuarto y quinto.
Emilio de Justo, silencio, ovación y dos orejas. Salió a hombros.
Juan Ortega, saludos, palmas y palmas.
La gran cita de principio de temporada, un mano a mano entre dos toreros ya veteranos, postergados en los inicios y con vitola de figuras en la actualidad, fue en realidad un mano a mano de apoderados. Expliquémoslo para quien no lo sepa. El empresario de la plaza de Valdemorillo, Alberto García, es a su vez el apoderado de Emilio de Justo. Tiene su empresa, Tauroemoción, unas cuantas plazas por España. El empresario Garzón, de Lances de futuro, tiene otras cuantas plazas y es a su vez apoderado de Juan Ortega. Han sido dos empresarios a contracorriente, meritorios. Y como ambos han hecho cosas bien en los últimos años y se han enfrentado a las otras grandes casas empresariales, es lógico que se unan y se apoyen. Tú por mi. Yo por ti. Pero al final esto no son más que cosas de despachos. El público que viaja y paga la entrada no piensa en contratos sino que va soñando con faenas contundentes, verónicas despaciosas y trincherazos angelicales. Pero hoy no hay caviar sino sardina escabechada.
No era tampoco una corrida concurso de ganaderías: uno de los inventos más tontos que se han visto. Parecía la hora loca del supermercado, esa en la que te ofrecen a precio de saldo unos arenques o unas sardinillas que tienen ya ganado el cielo desde hace días. Pues así los toros. Tres ganaderías. Siete toros. De los cuales solo uno dio juego: siempre ofrece algo Garcigrande. El tercero de la tarde, de El Parralejo, tampoco tuvo mal recorrido pero era tan feo que más que un novillo parecía un corderito sobrante de un belén viviente. El que no cojeaba se venía al suelo. Unos pasaban lastimosamente preguntando por la infanta y otros con más quejas sobre el resultado de los Goyas. Y, ay, que me caigo.
Se equivocan los apoderados montando estos festejos y más en una feria como la de Valdemorillo que antaño era exigente y muy torista. A uno le parece bien que vengan las figuras, pues la plaza es moderna, cómoda y debe llenarse y aprovecharse pero no con estos remiendos de supermercado de barrio. Se equivoca Juan Ortega, un torero de un gusto excelso, un torero privilegiado, eligiendo siempre las mismas ganaderías. Se equivoca Emilio de Justo, cuya tauromaquia es más solemne y profunda. Podría con mejores toros.
Del festejo:
Un gran ambiente.
La infanta Elena recibió dos brindis.
La infanta Elena, ante un imperdonable olvido de Emilio de Justo, se quedó un buen rato montera en mano, sin saber cuándo volvería el dueño a por su prenda.
En la fila de delante agotaron la bota de vino.
Al lado agotaron las pipas.
Dos filas atrás dos señoras bostezaban.
La cara de Domingo Delgado era un poema.
Andrés Amorós, cerca de mí, apenas tomó notas.
Álvaro de la Calle, sobresaliente de lujo, hizo dos quites salvíficos extraordinarios.
Un buen quite por chicuelinas de Emilio de Justo.
Otro por delantales de Juan Ortega.
Más pipas.
Ahora venden palomitas en los toros, como en una película de terror.
Juan Ortega mata ahora mejor que Emilio de Justo, que se le atasca la espada.
El toro mejor presentado era el sobrero.
Palmas de tango.
Miau, miau en el tercero.
Y menos mal que llegó el quinto. Emilio de Justo va poco a poco descargando los hombros, toreando más reposado. Es un triunfo después de aquel percance. A veces recuerda mucho a Joselito, Joselito Arroyo. Cita a compás abierto, se relaja, la muleta muy suelta. Como aquel, utiliza el truco de tirar la espada y enjaretar naturales con la derecha. En este quinto los borda. La faena, entre tanto bostezo y protestas anteriores, va calando entre el público. Falta rematarlo. Por suerte hay estocada. Por suerte hay dos orejas. Ay, si no llega a haberlas. Menuda tarde.
Sale el público algo desencantado. Ha habido un triunfo pero se esperaba mucho más. Otro año será en esta feria. Y otra tarde en otro sitio. Pues vamos bien si es con estos bichos. Qué largo se ha hecho el mano a mano del arte. Y acabamos de empezar la temporada.
David Ferrer, 9 de febrero de 2025.
Plaza de toros La Candelaria, Valdemorillo. Tres cuartos de entrada. Tarde fría en el exterior, con nieve en los alrededores. Temperatura agradable en el interior con la cubierta cerrada.
Novillos sevillanos de Guadaira. Desigualmente presentados, algunos flojos, nobles en general. Peores el primero y el cuarto.
Alejandro Chicharro, palmas y silencio.
El Mene, saludos tras leve petición y vuelta al ruedo
Javier Zulueta, oreja y oreja. Salió a hombros.
Valdemorillo es una de las ferias ilusionantes de la temporada. Quizá porque es la primera. Quizá porque llevamos al menos cinco meses de abstinencia. Quizá por el valor es el que ponen los aficionados: las máquinas quitanieves se afanaban en la autopista cercana. Aunque no es ya la feria torista de antaño, sigue congregando a una multitud. Que los escépticos pregunten a los bares y restaurantes de las localidades cercanas. Ayer en una novillada se rozaron los tres cuartos. Hoy y mañana, figuras mediante, se esperan llenos.
En cualquier caso Valdemorillo es una oportunidad y un riesgo. Y mucho más para los novilleros. Es la universidad al revés: te examinas en febrero y veremos si después de matriculas, apruebas y te gradúas. Y tal como está el sistema, con carteles cerrados desde enero, lo mismo triunfas en Valdemorillo y no te ponen ni en la feria de tu pueblo, cuyos carteles ya están completados y firmados desde hace días. Manzanares y Castella no tendrán hoy ese problema: dará igual si suspenden en Valdemorillo. Los veremos hasta en la feria de Argamasilla.
Había expectación por distintas razones para esta novillada. Alejandro Chicharro está a punto de dejar el instituto, hablando metafóricamente. Del bachillerato se pasa a la universidad, nada menos que en Valencia. Cartel de postín para una ansiada alternativa. Tuvo el lote menos afortunado y, de hecho, el primero fue un inválido. Se puso además pesado en sus dos toros como queriendo responder a todas las preguntas del examen. Poco centrado, como quien tiene ya un paso en otro escalafón y le sobra el actual. Es un buen torero que deberá probar suerte en el nivel superior.
Había dejado un gran ambiente El Mene en las últimas actuaciones de la temporada pasada. Torero zaragozano aunque curtido en Salamanca a la sombra de Andrés Sánchez. Parecía el alumno aventajado que llega al examen con la premisa de "me lo sé todo". Y así lo demostró: echado para adelante, con compás abierto en los lances de recibo, lo intentó todo con un primer novillo que se fue quedando y aún más en su segundo. El nerviosismo demostró que el examen es en febrero y no en septiembre, cuando los ánimos ya están más templados: hubo momentos estupendos en su faena con cierto desorden y aturullamiento. Nada que no se solucione. Un par de novilladas más y esos nervios se pasan. En su cuadrilla hubo momentos de apuro. El subalterno José Andrés Gonzalo perdió pie tras los respectivos pares. Grave pudo ser el accidente ocurrido en el segundo, con toda la torería andante en el ruedo en su apoyo. Por suerte todo quedó en una taleguilla rota, unas contusiones de órdago y el susto para toda la vida. Habrá que estar atentos al Mene en sucesivas convocatorias.
Hay un tipo de alumno que no se inmuta en los exámenes. Y pone nervioso a la competencia. Muestra seguridad, aplomo, frialdad y lo clava en las preguntas. Y este papel lo ejerció aquí Zulueta, que bebe en las fuentes inspiradoras de Sevilla. Por el callejón andaba su apoderado, Luis de Pauloba. Fue este torero como una iluminación hace veinte años en Las Ventas: qué finura, qué verónicas, qué izquierda. No llegó a cuajar pero es posible que el temple y la gracia se la haya transmitido a Zulueta. Bien con el capote, cortó una oreja a su primero en una faena intermitente. En el sexto de la tarde hubo un quite por delantales soberbio. La cosa fue viniéndose arriba con un par magnífico de Curro Javier. Zulueta comenzó la faena en un tono medio. Bien pero ni para ti ni para mi. Su apoderado gritó: por ahí, no pares. Algún resorte se ajustó, algún engranaje se asentó porque de repente hubo una verdadera explosión de felicidad y de apoyo en los tendidos. Las tres últimas series fueron un clamor: la colocación, la apostura, el embroque, el trincherazo, la salida de la cara del toro. La cátedra vio un examen de sobresaliente, de alguien que viene, si le dejan, a comerse la temporada en el escalafón novilleril. El final de la faena, ayudados por bajo, con la pierna flexionada, tuvo sabor y elegancia. De Sevilla mismo. Zulueta salió en hombros pues hizo lo correcto: llegar tranquilo y aprovechar las bondades de los toros. Y aprobar en febrero, en primera convocatoria, como los buenos.
David Ferrer, 8 de febrero de 2025.
20 €
Con tu aportación contribuyes al mantenimiento de estas páginas y a todos los proyectos paralelos.
ACCESO A ZONA PRIVADA DE LA WEB (próximamente)
RECIBIRÁS por email EL BOLETÍN DE LA DESPACIOSIDAD
PACK de libros de David Ferrer como bienvenida
Y recibirás todos los libros que publique la editorial Arboladura durante un año.
60 €
Con tu aportación contribuyes al mantenimiento de estas páginas y a todos los proyectos paralelos.
ACCESO A ZONA PRIVADA DE LA WEB (próximamente)
RECIBIRÁS por email EL BOLETÍN DE LA DESPACIOSIDAD
PACK de libros de David Ferrer como bienvenida
Y recibirás 2 ejemplares de todos los libros que publique la editorial Arboladura durante un año.
HTML Builder