TEMPORADA TAURINA 2024

No pretenden ser unas crónicas al uso, solo dejar en el recuerdo algo de la despaciosidad que pudo verse o no en algunos de los festejos.

Corrida de toros / Estábamos a sábado, un 10 de febrero de 2024 / Y comparecían en la plaza de Valdemorillo, La Candelaria, toros de Núñez del Cuvillo, Alejandro Talavante, Juan Ortega, Ginés Marín. Lleno de no hay billetes. Tiempo invernal fuera de la plaza cubierta.
No se equivocó la paloma.

Plaza de toros de Valdemorillo, Lleno de no hay billetes.
Toros de Núñez del Cuvillo, pequeños, de trapío muy justo, venidos a menos, salvo el quinto.
Alejandro Talavante, nuevo en esta plaza, palmas y silencio.
Juan Ortega, fuerte petición y saludos desde la raya; dos orejas.
Ginés Marín, aplausos y aplausos.

La corrida de Valdemorillo, la primera del año en España, al margen de algunos festejos menores, sirve para tomar el pulso del aficionado: cuáles van a ser sus querencias, quiénes van a ser los elegidos. Es cierto que el público es voluble pero de momento así está la cosa: se colgó el cartel de "No hay billetes", la expectación era máxima y los restaurantes alrededor de Valdemorillo se poblaron de aficionados. ¿El cartel? ¿Los toros? No: solo había un culpable: Juan Ortega.

La corrida, por tanto, tuvo una sensación de catarsis, de confesión, de rueda de prensa. El gremio de los "orteguistas", cuidado y escaso en aquellas primeras presentaciones veraniegas del torero sevillano en Madrid, ha ido creciendo hasta alcanzar el grado actual: es un torero de culto, al que se le espera, se quiere y se mima. Por otra parte, la corrida de Valdemorillo era la primera comparecencia en España del diestro tras su boda fallida. Había, eso es cierto, algunos paparazzi y cámaras de las otras televisiones, las de morbo. Pero al final, y es lo que importa, el público salió hablando de toros.
 
La plaza de Valdemorillo es amplia y cómoda: casi cinco mil localidades en un pueblo pequeño. Se agradece la cubierta pues con un día como ayer de frío y ventisca ni Juan Ortega ni Belmonte reaparecido hubieran concitado a los aficionados. Tiene arquitectónicamente unos juegos de luz muy interesantes, lo que agradecen los aficionados a la fotografía artística. Cuando entramos en la plaza, tres palomas clandestinas transitaban por el ruedo. Y allí se quedaron durante toda la lidia. Tres palomas que no se equivocaron, tres palomas que dijeron: lo de hoy yo no me lo pierdo. 

Difícil estaba la tarde para Talavante y para Ginés Marín. Cuando el público viene por un torero concreto, ya puedes coger la garrocha o realizar el don Tancredo que el público está a otra cosa. Talavante es un torero de carácter cambiante y no parece que esté en su momento más anímico. Su lote fue chico, flojo y sin emoción y allí estuvo el torero extremeño intentando enderezar la cosa. Ginés Marín estuvo más voluntarioso, sobre todo en el sexto, pero a esas alturas ya costaba mucho prestar atención. El aficionado vive a la vez el presente pero se queda obnubilado con el pasado inmediata. 

Y Juan Ortega. Su temporada 2023 fue en ascenso, con algunos hitos como los lances capoteros en la tarde del rabo de Morante o las incontestables faenas de Valladolid. Había ganas de ver, había ganas de jalear y hasta las tres palomas se disponían en círculo para ver lo que venía. En su primer toro, otro flojo torito de Núñez, hubo más voluntad que realización: se mascaban las ganas por ver torear con el capote, se quería ver lo imposible con la muleta y quedaron simplemente detalles excelsos de torería, de saber andarle al toro, de realizar cuidados remates. La estocada defectuosa privó de un premio que hubiera sido algo generoso. No así en el quinto toro: sacó algo más de genio y de fondo y, tras un bellísimo arranque desde las tablas, llevándose a dos manos por alto al toro, culminó con dos pases por bajo que han quedado en la plaza de Valdemorillo para siempre. A partir de ahí costó encontrarle la tecla al toro pero, una vez dispuesta la conexión, el toreo de Juan Ortega surgió limpio, cadencioso, despacioso. Hubo naturales bellísimos, pases de trincheras, molinetes y cambios de manos. La faena fue a más y en las dos últimas series el público saltó como un resorte de los asientos. Hay una manera en Juan Ortega de templar por bajo, de rematar las series que provoca un chispazo desde las pantorrillas hasta el alma. Y el que no lo vea, o no tiene ojos, o no tiene alma, o estaba allí de prestado. La estocada esta vez fue certeza y se desató la apoteosis. La vuelta al ruedo con las dos orejas fue lenta y clamorosa, casi como las de Morante, de quien ha aprendido buenos gestos. 

Salimos en la noche fría de Valdemorillo. Nadie se acuerda ya de la fallida boda. Los niños salían toreando, los jóvenes iban pensando en la próxima y los más mayores agradecen al cielo haber conocido a un torero como este. Cuando Juan Ortega salió por la puerta grande y se despejaron los tendidos, las tres palomas seguían en el ruedo. No se habían equivocado. La tarde era desapacible y allí encontraron calor. Creo que alguna con el ala imitaba un trincherazo imposible.

David Ferrer, 10 de febrero de 2024. 

VALDEMORILLO, 10 DE FEBRERO DE 2024

Algunas imágenes del festejo